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3 DE FEBRERO DE 1557

«De aquí ya sólo saldré para encontrarme contigo». Resopla, agradeciendo la calma que se apodera de la litera que le transporta. Tanto vaivén le ha dejado exhausto. Por eso el emperador Carlos V dirigió una mirada al techo. Por encima de la cubierta, el destinatario de aquellas palabras. El que todo lo ve y todo lo puede.

Descorren un tanto la cortinilla de su litera, y por ella aparece un rostro que le regala su gesto grave. Luis Méndez de Quijada no es de alegrías, nunca lo ha sido.

—¿Ya? —le pregunta el emperador.

—¿Acaso no escucháis las campanas?

Carlos V compone un gesto pensativo. Se le ilumina la cara, cansada y ajada. Incluso se permite una tenue sonrisa. «¡Qué bien suenan», se felicita.

—Ahí lo tenéis —le dice Méndez de Quijada, invitándole a mirar en la dirección que le muestra tras descorrer la cortina por completo.

El emperador se recuesta en el respaldo de la litera, y se le escapa un suspiro de alivio. Casi de alegría, de satisfacción. Suenan las campanas del monasterio junto al que se ha levantado el palacete en el que ha determinado retirarse del mundo. Repican con fuerza, contentas, saludando su llegada.

—Ni las había escuchado siquiera —le confiesa al hombre que tiene delante —se disculpa—. El vaivén. Me ha matado —le reconoce.

Hace frío y empieza a anochecer; y sin embargo, el lienzo que tiene ante sus ojos le parece el más reconfortante que haya visto en los últimos tiempos: el monasterio, la construcción de factura austera que ordenó levantar adosada a aquel cenobio, los árboles cuyas ramas le ocultan en parte la visión de aquellos edificios.

Méndez de Quijada abre la portezuela de la litera y se ofrece a ayudarle a descender de ella. Miles de arrugas rodean los pliegues de sus ojos. Quizás una sonrisa de satisfacción, de agradecimiento.

Una ráfaga de viento le saluda al poner los pies en el suelo. Atrás quedan los meses alojado en el castillo del conde de Oropesa, su gentileza y atenciones; el agrio recuerdo de la partida de tanta gente querida tras años a su servicio, a los que sabe que ya no verá nunca más; el camino hasta Yuste, el sordo rumor de las arroyadas corriendo abruptas sierra abajo, el vibrante chocar de las pezuñas de las bestias de carga y de los caballos contra el suelo.

Alza la mirada y encuentra a un grupo de hombres que le espera al pie de la puerta del monasterio. Rostros tranquilos, algunos pintados de la admiración que les despierta la figura que se aproxima hacia ellos. El Emperador se permite apoyarse en un hombro de Luis Méndez de Quijada. Sonríe, y esa sonrisa se acrecienta conforme se acerca a aquel grupo de hombres. Las campanas no cesan de expandir su alegría, y el viento juguetea con las hojas caídas en el suelo.

—Al fin estás en casa, Carlos —musita, asintiendo— Al fin…

 

© Víctor Fernández Correas

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