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DE LA MIERDA SE SALE

El emperador Carlos V es el mejor ejemplo de cómo se puede salir de la mierda y llegar a lo más alto. Su vida, el mejor de todos, insisto. Que se sale, sí. A base de tesón, de esfuerzo, de echarle lo que hay que echarle. Eso, si te puedes valer por ti mismo. En caso contrario, siempre queda pedir ayuda. Pero se puede salir de la mierda. Insisto: se puede llegar a lo más alto partiendo de tan peculiar y desagradable punto de partida.

Que fue el caso del emperador Carlos V; que nació en un váter. Mira que hay sitios para nacer, pero fue a nacer allí porque así lo decidió su madre, Juana de Trastámara, hija de los Reyes Católicos; a la que llamaron la Loca —que ya hay que tener mala leche—. Lo que cuenta, lo que voy a contar para comenzar esta su vida, el repaso a lo que fue la trayectoria vital del emperador más poderoso de la cristiandad, es que el futuro Carlos I de España y V de Alemania nació donde le tocó nacer. Sin más.

Situemos el acontecimiento: Gante, noche del 23 de febrero de 1500. Fiesta en el Palacio Prinsenhof. Lo mejor de lo mejor allí presente. Ágape sin remilgos, baile posterior, cortesanos y cortesanas. Sobre todo, cortesanas. Y Juana, con un bombo que ni el de Manolo, presente y de guardia. Sabía cómo se las gastaba su marido y también lo que había a su alrededor. Un cóctel explosivo. Dignidad, ante todo, debió de pensar la hija de los Reyes Católicos. «Que éste, aquí sólo, sin carabina, causa estragos». Y pensamientos semejantes. Éste era su marido, el archiduque Felipe de Austria, guapo hasta decir basta según las crónicas de la época, al que lanzaba miradas de soslayo. Felipe reía con una, charlaba con otra, escrutaba las bondades físicas de alguna que otra más… Y, claro, a Juana se la llevaban los demonios. Conocía el percal, y también la clase de estragos que causaba el percal. Desde el mismo momento que se casó con él.

«¡Pues de aquí no me muevo hasta que no acabe la fiesta!», se convencía una y otra vez a pesar del bombo y sus circunstancias. Lo tenía clarinete. Podría estar todo lo embarazada que estaba, pero a Felipe no lo pensaba dejar solo en aquel mar de cortesanas ávidas de pegarse un homenaje. Pero Juana no contaba con que, de improviso, empezó a sufrir dolores en el estómago. Uno, dos, tres ataques. Rictus de dolor, de sufrimiento.

Al percatarse la gente a su alrededor, más de uno y de dos empezaron a preocuparse por ella. Que si os encontráis bien, a lo que respondió que habría sido la cena. El picante y eso; que si a ver si esta se ha puesto ya de parto, oyó que se decía más allá, a su espalda. Y ella, que darle la torno, Perico. Que no. Lo único cierto es que los dolores, lejos de detenerse, se acentuaron. Esas cosas del cuerpo humano, que cuando quiere fastidiar, lo hace a conciencia. Juana seguro que tuvo hasta tiempo de pensar en eso; y lo que no quería era dejar solo a su marido. Apretaba los dientes, se contenía de gritar. Y, así, un apretón tras otro hasta llegar al definitivo. El apretón de los apretones.

Como no aguantaba más, se levantó. ¿Y Felipe? Siguió a lo suyo. Juana ni siquiera reunió fuerzas para recriminárselo. Sí decidieron acompañarla algunas de sus damas de compañía, a las que no les gustaba la cara de su señora; peor que la de los pollos de más de un supermercado. En otras circunstancias, Juana se hubiera ciscado en él, en su madre, y en toda la regia familia de su marido, pero prefirió gastar las pocas fuerzas que le quedaban en dirigirse hasta la cámara de desahogo —el váter, vamos—. Y lo consiguió después de mucho esfuerzo. Buscó el retrete con la mirada, lo más parecido al paraíso en la tierra para ella en ese momento. Sólo cuando se acuclilló, sólo entonces, fue consciente del origen de los dolores, de su naturaleza. Nada de indisposiciones por culpa de la cena ni de un alimento mal caído.  Un parto como la Sint Baafskathedraal de grande. La catedral de San Bavón de Gante, vamos.

La quietud que se respiraba en aquella cámara en la madrugada del 24 de febrero de 1500 la rompió el llanto de un recién nacido. Juana había traído al mundo al hijo que esperaba sin ayuda de nadie. A puerta gayola. Las que tampoco se lo creyeron fueron sus damas de compañía, que entraron en el retrete al escuchar un llanto y se encontraron con la merienda completa: a Juana, sosteniendo en brazos a su hijo recién nacido; y el retrete, para verlo. De inmediato solicitaron la presencia de la partera, que remató el repentino parto con diligencia. Nadie dio crédito a lo que acababa de suceder, ni siquiera la nueva madre, pero el futuro Carlos I de España y V de Alemania había nacido en un retrete.

Y las damas no daban crédito a lo que veían porque eran conscientes de lo que se les venía encima. La tradición está para lo que está. Según sus preceptos, los nacimientos en la Familia Real Castellana debían ser presenciados por numerosos testigos que identificaran al recién nacido como Dios manda. Así se evitaba cualquier duda sobre la legitimidad del heredero. Y el futuro Carlos I de España y V de Alemania, allí, en un retrete, en los brazos de su madre; y Juana, chillando a diestro y siniestro que era hijo suyo y de Felipe. Punto.

Las damas callaron. Nadie discutía ni discutió a Juana. ¿Quién se atrevería a hacerlo? Abandonó el salón con un bombo considerable y esa noche ya la iba a pasar en la cama en compañía de su primer hijo. A falta de marido, al menos un poco de calor en el lecho, que nunca viene mal. Y más en invierno. El de su hijo, al que acariciaría el rostro con ternura unas pocas veces esa noche; diciéndole aquello de hijo mío, qué bonito eres, qué ricura. Mi niño, hijo de mis entretelas, etcétera; el que nunca me traicionará. Lo que creía en ese momento. Pobrecilla.

Diez días después, Carlos de Habsburgo fue bautizado en la catedral de San Bavón de Gante. Frente a él —ni se enteró. Conocimiento, ninguno todavía—, el impresionante retablo de La Adoración del Cordero Místico, de los hermanos Van Eyck.

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