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¡QUE VIVAN LOS NOVIOS!

Pues sí, que el emperador estaba más que en edad de merecer. Que se le pasaba el arroz, vamos. Veintiséis palos tenía después de lo de Pavía, te recuerdo; que, andando enfangado como estaba en tantas cuitas, no le fuera a ocurrir algo y vinieran las tonterías de a ver quién se encargaba de dirigir el cotarro si él cerraba sesión. Las Cortes castellanas, por poner un ejemplo, estaban que se subían por las paredes.

¿Te acuerdas de que te dije que había contraído la obligación de casarse con María Tudor cuando se fue a ver a Enrique VIII? Sí, cuando buscaba alianzas por si al francés le diera por lo que fuera, que siempre le daba por algo, fíjate tú; que la cosa de arreglarse entre españoles e ingleses ya venía de lejos, pues su tía Catalina, hija de Isabel y Fernando, estaba casada con el inglés —fue la primera. Luego vendrían unas pocas más—. Pasa que María tenía diez tacos, un poco joven todavía para el asunto; y que Carlos necesitaba perras como el comer con las que tapar agujeros de todo tipo. Y es así como surgió la vía portuguesa: rey con hijas casaderas, de buen ver, y con la billetera repleta. Las tres sandías de la especial de las tragaperras dibujada en sus ojos.

La vía en sí contentaba a casi todos. A casi, insisto. Al emperador, por descontado; a los portugueses, porque era algo que venían reclamando desde ni se sabe cuándo; a las Cortes castellanas, porque la boda era necesaria sí o sí, tanto como la inyección económica para sus arcas —con más telarañas que las que tejía Ella-Laraña (Tolkien, El Señor de los Anillos)—. En fin, que todos contentos.

Candidatas: dos, las dos hijas de Manuel I, rey de Portugal —el Afortunado le apodaron—. A Carlos le tocó decidir entre Isabel y María, si optaba por la vía portuguesa; o seguir para adelante con lo prometido a Enrique VIII y esposarse con María Tudor. Que le hacía más tilín la portuguesa está claro; que no quería contrariar a su primo, el inglés, pues también.

De las dos hijas de Juan, la que más tilín le hacía era Isabel: Consabidas perras aparte, porque aún no se conocía a nadie que la pusiera de vuelta y media, cosa rara en la época. Ni siquiera los comuneros, para quienes la infanta portuguesa era «muy excelente persona e muy hermosa»; porque era guapa que te rilas; y porque se manejaba en castellano con soltura. Además, su carácter era grave y prudente, aspecto en el que recordaba a Isabel, la abuela materna —su católica majestad— del casadero. Por lo tanto, Isabel fue la elegida tras unas negociaciones que el emperador en persona cerró mientras le daba vueltas a cómo contentar a su primo inglés por dejarle sin marido para su hija. Que esa es otra historia.

El 17 de octubre de 1525 se firmaron las capitulaciones matrimoniales, que fijaban las condiciones económicas del enlace: 900 000 doblas de oro castellanas a percibir por Isabel —a 365 maravedíes la dobla. O sea, un pastizal, calcula—. A ello hay que unir otras 300 000 pagadas para Isabel según lo dispuesto en la dispensa papal, puesto que Carlos e Isabel eran primos —estas cosas eran habituales en aquella época. Dentro de lo que cabe. Felipe no nos salió malo. Los que arrearon detrás ya es otro cantar—. Claro, que con esto de las cláusulas se sabe cuándo se empieza, pero no cuándo se acaba.

¿Qué faltaba? La boda. En Sevilla, nada menos. Pero hasta llegar allí, Isabel se marcó una pateada que ni Labordeta con su mochila, que te pasó a relatar: partió de la villa portuguesa de Almeirim, y lo hizo acompañada de un cortejo a la altura del viaje. «E con ellos toda la flor de Portugal», recogen las crónicas de la época. Nada más cruzar la frontera le estaba esperando otro cortejo de parecida proporciones para hacerse cargo de ella, lo que ocurrió el 7 de febrero de 1526. «Iba la Emperatriz dentro de una litera de brocado muy rico… Dos caballos muy hermosos la traían…». Pues eso, de época. Y así, hasta Sevilla haciendo los abobeos de San Roque, como dicen en mi pueblo —Valverde de la Vera, Cáceres. Precioso no, lo siguiente—. O sea, parándose por todas partes, que aquello era el siglo XVI, te recuerdo.

Pero cuando parecía que la boda se celebraría de inmediato, Carlos dio la orden de que el cortejo se adentrara en territorio español despacito, como canta Luis Fonsi, y en cortas etapas. ¿Y eso?, te preguntarás. Pues Francisco I; que fue cuando se dio cuenta de que, de palabra, el francés andaba lo justo. Por no decir nada. Este retraso mosqueó un tanto a los portugueses, que empezaron a comerse la cabeza: que si a ver si este —Carlos— se echa para atrás, que a saber qué le habrá dicho el inglés —Enrique—, que si a ver si ha perdido la ilusión, que Isabel no es más que un estorbo estando como está, con la cabeza metida en tantas cosas…

Finalmente, el 3 de marzo de 1526 Isabel entró en Sevilla por la puerta de la Macarena —¡aaaay! Si no lo escribo, reviento— vestida toda de raso blanco y oro, hermosa hasta decir basta, tocada con una gorra de raso blanco y en ella una pluma de lo mismo. Y Sevilla, pues eso, Sevilla; que parece mentira que no conozcas cómo se vuelca como se tiene que volcar. Pero Carlos no aparecía. Y fue cuando los portugueses, entonces sí, empezaron a cabrearse. Que qué cara, que qué gesto, que qué carajo es esto.

No lo hizo hasta el día 10; con un recibimiento como lo que era, el emperador, pasando por debajo de siete arcos triunfales, todos con leyendas cargadas de simbología de lo que el pueblo esperaba de su reinado. Y lo primero que hizo nada más llegar a Sevilla fue ir derecho al Alcázar, donde se alojaba Isabel; dándole vueltas a la cabeza por el camino. Que sí, que todo el mundo decía que era guapa que te rilas, pero ya se conocía el percal cortesano: que del dicho al hecho había un Atlántico de trecho en muchas ocasiones; y que los pintores, con tal del contentar al retratado, lo que hiciera falta. Dudas que también tenía Isabel, ojo, que ni Instagram ni Facebook entonces para cotillear y rajar de lo que le había tocado en suerte como pasa ahora.

Cuando se vieron… ¡ay, cuando se vieron! Cuentan las crónicas que «cuando entró [Carlos] en el Alcázar era ya dos horas de la noche, y entró con muchas hachas. Y cuando llegó al aposento de la Emperatriz e se vieron, la Emperatriz se hincó de rodillas e porfió mucho por le besar la mano. El Emperador se abajó mucho a la levantar, abrazándola, e la besó e la tomó por la mano e se entraron en otra cámara e se sentaron…». Fin de la cita. Y no preguntes más. Si quieres saber, ahí están Geoffrey Parker o Manuel Fernández Álvarez, que lo cuentan mejor que yo. Para eso son historiadores, investigadores, y se lo han currado de lo lindo.

En resumen, un bodorrio de los gordos el que tuvo lugar al día siguiente, 11 de marzo para la historia. Tanto, como el amor que se profesarían durante el resto de sus vidas. Claro que en Sevilla ya empezaba a pegar el lorenzo, así que la parejita decidió tomar el camino de Granada para pasar allí su luna de miel y encargar un Felipe. El heredero, vamos.

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