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UNA MOSCA COJONERA LLAMADA LUTERO

«¡Qué contento estoy!», decía Macario, uno de los muñecos del por entonces —finales de los 80, principios de los 90 del siglo XX. Que uno ya va teniendo una edad— ventrílocuo José Luis Moreno. Luego se hizo productor de series y hasta actor de cine esporádico. La evolución, y esas cosas.

Pues lo de qué contento estoy, lo mismo, en boca del ya emperador Carlos V. Lástima que la alegría le durara poco o menos. Que ya lo canta el gran José Luis Figuereo Franco —Selu. El de El Barrio. El del sombrero, vamos—:

 

«ya sabes cuánto dura la alegría,

y dime qué sabor tiene la pena.         

Tú sabes que lo bueno dura poco,

tan poco que lo dulce se hace amargo»

 

Pura filosofía.

¿Te acuerdas de las curvas de las que te avisé al final del capítulo anterior? Dos, y gordas: en España, con el patio revuelto en Castilla y un alzamiento de Agermanados en Valencia y Mallorca. Sobre el particular hablaremos en la próxima entrega. Porque, con ser peliagudo el asunto ―que lo era―, la otra le aguardaba en Alemania. De pronóstico reservado. Un nombre: Lutero. Pues eso, que dale a tu cuerpo alegría, Macarena.

Unos cuantos años antes, en 1517, Lutero puso a pelar a la Iglesia de Roma. De vuelta y media: que si el estómago de Papas y cardenales no tenía fin y se bebían el Tíber y el Nilo juntos, que si aquello era Sodoma y Gomorra… Más lo de las perras que salían de Alemania para Roma por los conductos eclesiásticos. Que a dónde iba todo ese dinero, que qué se hacía con él, que si nada bueno, etcétera.

De todo esto se pispó aquel monje, que conocía las Sagradas Escrituras —para eso era monje—, le dio por comparar lo que en ellas estaba escrito con la realidad, y se montó en la cabeza un vodevil de tres pares de narices que acompañó de una crisis interior que ríete tú de las entregas por capítulos de Belén Esteban en Sálvame. A todo esto, en Alemania había prendido la semilla de un precioso nacionalismo. La consecuencia de todo esto, la esperada: buena parte de aquellas tierras abrazando la causa luterana.

Y eso le provocó a Carlos una urticaria de cuidado, por ser fino. A él, que era emperador de la cristiandad después de haber jurado defender a la Iglesia en Aquisgrán el día de su coronación, a Su Santidad, León X, y a todo el que pintara algo en aquel momento.

Eso convirtió a Lutero en el enemigo público número uno, así que Su Santidad le pegó un toque a Carlos pidiéndole parar los pies al monje en cuestión. Ojo con este, que nos la va a liar, que nos está alborotando el patio. Para León X el asunto tenía fácil solución: declarar como proscrito al hereje de Lutero, y luego, para acabar con el asunto como Dios manda, echar mano de la tradición. Y la tradición decía que había que actuar como con Juan Huss —con él empezó todo de verdad. El precursor de Lutero, por abreviar—, que un siglo antes se salió por peteneras como ahora Lutero. Segismundo, el emperador del momento, lo quemó vivo. Tonterías, las justas.

Claro que Carlos era joven. La juventud, ya se sabe. Sus cosas, sus maneras de pensar y de actuar. Quita, quita, que estás demodé —pasado de moda, vamos—, le diría a León X —que era italiano. Un Médici, para más señas. Segundo hijo de Lorenzo el Magnífico—. Por eso reunió a la Dieta Imperial en Worms (Alemania) en marzo de 1521 para escuchar a Lutero en persona. Que el hombre se explique antes de achicharrarlo vivo, pensó. Y la oportunidad la tuvo Lutero. Y la aprovechó bien. Ante la Dieta y Corte Imperial reunidas, el monje alemán admitió como suyos los escritos que le convertían en hereje a ojos de la Iglesia; y mantuvo sus opiniones a no ser que, Biblia en mano, se le convenciese de sus errores. Y a ver quién era el guapo capaz de hacerlo.

―Los tiene bien puestos, el tipo.

―Con un par, sí señor.

― ¡Vas a arder en el infierno, hereje del demonio!

         El creciente murmullo se convirtió en gritos, y los gritos en amenazas y palabras gruesas contra el monje, que dejó la Dieta más caliente que el palo de un churrero tras su intervención. Con este panorama, Carlos y Lutero tenían que verse las caras. El monje le pidió veinticuatro horas para reflexionar después de enfrentarse por primera vez a la Dieta y Corte Imperial. Por su parte, Carlos se pasó la noche en vela pensando qué le iba a decir y cómo viendo cómo estaba el patio, consciente de su responsabilidad. Y lo que le salió fue una cosa breve, un discurso de fe, pero al margen del protocolo; que él era el sucesor de los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico y de los Reyes de la Católica España, fiel siempre a Roma, etcétera. Enfrente, un fraile agustino que, según mantenía Carlos, tenía los santos cojones de enfrentarse a la cristiandad y su tradición milenaria. Ha habido suicidas con menos valentía a lo largo de la historia.

Por si Lutero no tenía suficiente con lo que se le vendría encima, Carlos le acojonó todo lo que pudo: soy el emperador, atente a las consecuencias. Hay películas de terror que son pura comedia comparadas con esa imagen. Que Carlos estaba dispuesto a defender la cristiandad se veía de aquí a Ushuaia —Argentina, al borde del precipicio antártico—.

Total, que Lutero dijo que hasta la muerte con sus ideas, y su figura pegó un petardazo del copón. Algunos príncipes alemanes vieron un filón en él, y uno de ellos, Federico III de Sajonia, lo sacó de Worms antes de que acabara caminito de la hoguera y decidió asilarlo castillo. Y, mientras, a preparar cómo tocarle la entrepierna al emperador. Otra curva que, por entonces, se estaba planificando. Sus consecuencias vendrían mucho después. Ya te las contaré, ya.

Pedazo dolor de muelas que se le acababa de poner a Carlos. Que hubiera ido al dentista de guardia, dirás. Pero se le iba a poner otro, y más gordo todavía, porque desde España no le llegaban las mejores noticias, precisamente: allí, las Comunidades Castellanas estaban a la greña y las Germanías valencianas y mallorquinas, en pie de guerra. Polvorín al canto.

En definitiva, segunda curva gorda para Carlos, que le dejaría secuelas como también la de Lutero.

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